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jueves, 13 de febrero de 2020

¡Feliz Día de los Enamorados!

Matanzas, la ciudad de la poesía. Foto: Trabajadores

 Por Eduardo

Como todo buen matancero, una vez quise hacer poesía en serio. Y aunque hace ya un buen rato que no he escrito un solo verso, quizás porque mi vida se ha perdido por los senderos del trabajo, que casi no me deja tiempo para dedicarle el tiempo que la poesía precisa, todavía añoro los tiempos en que no me perdía una sola tertulia poética en mi romántica ciudad. También he llegado a pensar que en mi caso, de tanto leer la mejor poesía escrita en lengua española, me auto convencí de que nunca llegaría a alcanzar la altura de los grandes maestros.
Fueron los años 80 del siglo XX en Matanzas una etapa pródiga para la poesía. Hubo como una explosión de poetas jóvenes que marcaron la vida literaria de mi generación. Acudía a menudo a los recitales que realizaban en el Patio Colonial de la Sacristía de nuestra Catedral, en la Sala White, o en la desparecida Casa de la Trova, poetas como Yaquelín Font, Héctor Escobar o Luis Marimón, a quien a pesar de su fama bohemia y triste final considero un importante eslabón de la matanceridad. A Marimón le sucedió lo mismo que a Plácido, nació en La Habana, pero la poesía lo convirtió en raigambre esencial de la Ciudad de los Puentes.

miércoles, 6 de julio de 2011

Carilda Oliver Labra, la novia de Matanzas, está de cumpleaños.

Nuestra Carilda en dos tiempos
Por Eduardo

Muchos en Cuba le adoran con delirio, pero nunca la han conocido en persona. Yo crecí viéndola pasar frente a mi casa todos los días. A pesar de los años transcurridos, todavía me parece verla caminar por nuestra Calzada de Tirry, saludando a cuanta persona por humilde que fuese se cruzara en su camino. Todos los niños nos quedábamos embobados cuando la veíamos, destilando por doquier esa elegancia y esa femineidad que mantiene intactas a pesar de todos los avatares de la vida y el tiempo. Por aquel entonces su cabellera rubia flotaba al aire cual si fuese una catarata de oro, y sus ojos, a los cuales muchos de los grandes poetas cubanos dedicaron un sinnúmero de versos, refulgían con un azul solo comparable al de la bahía que ella tanto ama.
Su segundo esposo, fallecido inexplicablemente, cuando por su complexión hercúlea y afición a los deportes, era el paradigma de muchos niños del barrio aspirantes a hombres fuertes, fue el primero que me habló de las artes marciales.